Traditional Ibiza Finca: Its History and What to Look For

Nadie diseñó nunca una finca tradicional en Ibiza. Se fue haciendo habitación a habitación, a medida que crecía la familia y la cosecha necesitaba sitio: un cuarto para dormir, otro para el vino.
Rolph Blakstad, el diseñador canadiense que llegó a la isla en 1956 y pasó medio siglo midiendo sus casas payesas, tomó prestada una expresión de Goethe para describirlas: música silenciosa. Su estudio, La casa eivissenca, se publicó en catalán en 2013, un año después de su muerte, y sigue siendo el registro más detallado de cómo se levantaban estas casas. Buena parte de lo que sigue sale de sus páginas.
Cómo se construía una finca tradicional en Ibiza
Lo primero era decidir dónde. La buena tierra era demasiado valiosa para construir encima, así que la casa se levantaba sobre una loma de roca viva, con los campos a sus pies. Miraba al sur, casi sin excepción. La pared norte no tenía puertas, solo pequeñas aberturas para ventilar, y las vistas, por bonitas que fueran, pasaban a un segundo plano: como decía Blakstad, ya habría tiempo de contemplarlas trabajando en el campo. La casa era para el invierno, para la noche y para el mal tiempo.
Toda finca empezaba con el mismo núcleo: el porxo, la cocina y dos dormitorios pequeños. El porxo no era un salón, sino la sala de trabajo, donde se pelaban almendras y se pisaba la uva. Cada estancia era una casa en sí misma, y las paredes solían alzarse tanto como medía de ancho la habitación, de modo que la vivienda crecía como un conjunto de cubos.

Las medidas salían del cuerpo. Se trabajaba en palmos, los pams, de unos 21 centímetros, y la planta se marcaba con un cordel con nudos. Mateu Torres Torres, maestro picapedrero del norte de la isla nacido en 1898, le explicó el método a Blakstad en 1972: elegir el sitio, tensar un cordel a lo largo de la fachada principal y marcar en el suelo las habitaciones en palmos. Un porxo medía de 16 a 20 palmos de ancho, entre 3,4 y 4,2 metros, y podía llegar a los 50 de largo. El tamaño del resto dependía de lo que la familia pudiera permitirse.
Los muros tenían dos caras de piedra con relleno de cascote, unidas con un mortero de barro hecho con arcilla o terra blanca, una tierra clara de la isla. Tres palmos, unos 63 centímetros, se consideraban suficientes; los muros más antiguos llegan a cinco, algo más de un metro. Las vigas de sabina iban de pared a pared. El pino era la segunda opción y se dejaba en remojo durante años, a veces veinte o más, en balsas de agua dulce antes de usarlo. Sobre las vigas se colocaban tablas cortadas a mano, una capa de posidonia seca y otra de arcilla con una ligera pendiente para que la lluvia corriera hacia la cisterna. Cuando la casa estaba terminada, las mujeres la encalaban por dentro y por fuera con cal y agua.
Entre las personas que entrevistó Blakstad estaba su vecino de Sant Carles, Josep Marí Torres, de Can Pep des Pla, nacido en 1888 y alcalde de Santa Eulària en los años veinte, que todavía recordaba cómo se levantó su propia casa.
La teoría de Blakstad y los arquitectos modernos
Blakstad sostenía que la casa ibicenca descendía de la construcción fenicia y cartaginesa, y que las estancias más antiguas se trazaban no solo en palmos, sino en un codo de unos 52 centímetros, el mismo que midió en monumentos púnicos de Túnez. Seis de esos codos suman 3,15 metros, el ancho más habitual de los dormitorios de una finca antigua. Él mismo matizaba el alcance de la idea: las casas, decía, no tienen 2.500 años; solo su tradición. Es una lectura entre varias, y los historiadores fechan la mayoría de las casas payesas que se conservan a partir de la Baja Edad Media.
No fue el primero en mirarlas de cerca. En 1932, A.C., la revista de los arquitectos modernos españoles, dedicó a Ibiza un reportaje con un título que todavía suena a provocación: «la isla que no necesita renovación arquitectónica». El dadaísta Raoul Hausmann vivió en Sant Josep entre 1933 y 1936 y fotografió sus casas payesas, y el arquitecto Erwin Broner, que llegó en 1934, las midió recorriendo la isla en bicicleta. Cubos encalados, cubiertas planas y estancias hechas a la medida de su uso: lo que buscaba la arquitectura moderna ya estaba en el campo ibicenco.
Qué mirar al comprar una finca en Ibiza
Una finca tradicional premia la paciencia y un buen equipo. Estas son las primeras preguntas que nos hacemos.
¿Qué partes son originales? Como la casa creció a lo largo de generaciones, las estancias rara vez tienen la misma edad. Saber cuáles se añadieron después, y cuándo, importa tanto para los papeles como para la reforma, por eso siempre revisamos planos y documentación con un arquitecto y un abogado antes de hacer una oferta.
¿Cómo están las vigas y la cubierta? Las vigas de sabina son lo primero que mira un restaurador. El terrado tradicional necesitaba mantenimiento cada año, por eso la mayoría de las reformas añaden encima una capa impermeable moderna.
¿De dónde sale el agua? Revisa la cisterna y, si lo hay, el pozo. A finales de 2024 los acuíferos de Ibiza estaban al 37 % de su capacidad, así que el agua de lluvia sigue contando.
¿Será cálida en invierno? Los muros gruesos mantienen bien la temperatura, pero las ventanas pequeñas y los suelos de piedra hay que pensarlos, igual que hasta dónde llega el sol en enero.
Una casa que sigue creciendo
En uno de sus últimos textos, Blakstad escribió que sería maravilloso tener una arquitectura tan bella y armoniosa como la que crearon en Ibiza «nuestros poéticos antecesores payeses», y que eso seguía siendo un reto. Las mejores reformas que hemos visto lo consiguen siguiendo la lógica de la casa original: una habitación más, añadida donde hace falta, con los mismos materiales y a la misma escala. Algunas de las fincas que representamos hoy están en nuestra selección de propiedades, y el campo que las rodea se descubre mejor a pie, con nuestras rutas de senderismo de otoño.
Como empresa familiar fundada en 1983, hemos recorrido más casas como estas de las que podríamos contar, y sabemos qué preguntas hacer antes de enamorarse de una.
FAQ
¿Qué es una casa payesa? Es la casa de campo tradicional de Ibiza: un conjunto de estancias encaladas y de cubierta plana alrededor de una sala principal, el porxo, que se ampliaba a lo largo de generaciones a medida que crecía la familia.
¿De qué son las vigas de una finca antigua en Ibiza? Normalmente de sabina de la isla, lo que limita la mayoría de las estancias a cuatro o cinco metros de ancho. Para luces mayores se usaba pino.
¿Se puede ampliar o reformar una finca tradicional? Depende de la parcela, de la protección patrimonial del edificio y de las normas del suelo rústico. Antes de comprar, conviene que un arquitecto que conozca el municipio revise la casa.
¿Por qué las casas payesas tienen cubierta plana? El terrado recogía el agua de lluvia y la llevaba a la cisterna, la principal fuente de agua de la casa.
Finca Can Alegría